Además tuve la suerte de asistir a un palco VIP por cortesía de un compañero de John que invitó a toda la clase del Máster que está haciendo. Realmente nos trataron como reyes desde que llegamos. No nos dejaron ni llamar al ascensor ni mucho menos darle al piso 1 para subir. ¡Faltaría más!
La clase del Máster de John es algo así como las Naciones Unidas pero sin los intérpretes. El Inglés es la lengua internacional y no hay necesidad. Los hay de Canadá, de India, de Jordania, de Francia… Vaya, que sólo hay 4 Irlandeses, los demás foráneos, con lo cual yo, tan contenta, porque generalmente tienes mucho en común con otros extranjeros. Nosotros nos arrimamos a uno de los canadienses para preguntarle como niños todo lo que se nos ocurría: que cómo conservan la capa de hielo, si ahí hacen conciertos y demás; que cómo se cuentan los puntos o goles, que contra quién jugaban etc…
Es un juego muy rápido y muy fácil de ver, no como el fútbol, que la mitad del tiempo , para mí que no pasa nada… aunque haya mucho alterado por ahí… ¡Y hablando de alterados! Todos los entendidos nos prometieron al menos una o dos peleas de esas que luego salen en las noticias. Y todos con cara de emoción.
El partido empieza y salen todos los jugadores como caballos desbocados sólo que un poco menos elegantes que los caballos. Rectifico. Más bien como bisontes, con los hombros cuadrados y con un lenguaje corporal que indicaba que querían guerra.
El comentarista era el compañero de John y viene incluido en el espectáculo. Eso más las canciones más cañeras y rockeras del momento, pero sólo ponen unos segundos de cada canción en la parte de los estribillos, para que siga el ritmo, la atención y la adrenalina.
Entre tiempo y tiempo conocíamos a las parejas de otros compañeros, como el Hindú que es todo un personaje, por la historia que conto un día de cómo conoció a su mujer… pero eso realmente es otra historia que contaré quizás en otra ocasión. Pues su mujer se llama Mala, y ya nos encargamos John y yo de decirle que ese no es un nombre muy presentable que digamos para una mujer en España. Aproveché para preguntarle a Mala que de qué zona de la India era, y me dijo que del sur de las montañas del Himalaya, donde al parecer tienen todas las estaciones del año, primaveras en flor, veranos insoportables e inviernos con varios centímetros de nieve. Ni que decir tiene que le pregunté si conocía la historia de Anita Delgado, la malagueña que se convirtió en Maharaní de Kapurtala, y cuya historia leí el verano pasado y me cautivó. Mala no la conocía, pero sí sabía del lujo y la vida en Kapurtala, muy cerca de su pueblo natal.
Y entre charla y charla llegó la pelea esperada. Los bates por el aire, los equipos alrededor de los protagonistas. La portería desencajada. Y los culpables, castigados como niños fuera de la pista, pero sorprendentemente muy cerca el uno del otro. Hasta que se calmaron.
Belfast ganó a Nottingham y lo celebramos en el bar de abajo dedicado al hockey y a donde iban llegando las estrellas de la noche. Pero lo importante esa noche era conocerse y charlar. El hockey era la excusa.
Otro evento, pero esta vez triste nos ocupó el fin de semana. Fue la muerte de la tía Margaret a los 96 años. Margaret era una mujer trabajadora e imparable en su juventud que se casó con un Italiano de los que llegaron al norte de Irlanda a principios del siglo pasado. Por desgracia enviudó muy joven y salió adelante con su hija trabajando mucho. En su pueblo dicen que era la mejor panadera y pastelera que jamás tuvo el horno, pero Margaret también regentó una cafetería y aún así tenía tiempo para fregar los platos en casa de sus familiares cuando iba a visitarlos. También era una apasionada de la jardinería. ¿De dónde sacaba la energía?
Sus sobrinos la miraban con ternura en el velatorio durante el fin de semana y en la despedida hoy y le tocaban las manos y besaban la frente, cosa que me dejó muy impresionada. De mayor me gustaría ser como la tía Margaret. ¿Quién no?