Monday, 23 November 2009

Unos llegan y otros se van

El Viernes pasado tuve la oportunidad de ir a ver por primera vez desde que estoy aquí un partido de hockey sobre hielo. Belfast tiene su propio equipo, los “Belfast Giants", nombre que viene de los gigantes que según la mitología, habitaron el Ulster y que construyeron la mítica Calzada del Gigante o de los Gigantes, como más se conoce en Español.

Además tuve la suerte de asistir a un palco VIP por cortesía de un compañero de John que invitó a toda la clase del Máster que está haciendo. Realmente nos trataron como reyes desde que llegamos. No nos dejaron ni llamar al ascensor ni mucho menos darle al piso 1 para subir. ¡Faltaría más!

La clase del Máster de John es algo así como las Naciones Unidas pero sin los intérpretes. El Inglés es la lengua internacional y no hay necesidad. Los hay de Canadá, de India, de Jordania, de Francia… Vaya, que sólo hay 4 Irlandeses, los demás foráneos, con lo cual yo, tan contenta, porque generalmente tienes mucho en común con otros extranjeros. Nosotros nos arrimamos a uno de los canadienses para preguntarle como niños todo lo que se nos ocurría: que cómo conservan la capa de hielo, si ahí hacen conciertos y demás; que cómo se cuentan los puntos o goles, que contra quién jugaban etc…

Es un juego muy rápido y muy fácil de ver, no como el fútbol, que la mitad del tiempo , para mí que no pasa nada… aunque haya mucho alterado por ahí… ¡Y hablando de alterados! Todos los entendidos nos prometieron al menos una o dos peleas de esas que luego salen en las noticias. Y todos con cara de emoción.

El partido empieza y salen todos los jugadores como caballos desbocados sólo que un poco menos elegantes que los caballos. Rectifico. Más bien como bisontes, con los hombros cuadrados y con un lenguaje corporal que indicaba que querían guerra.
El comentarista era el compañero de John y viene incluido en el espectáculo. Eso más las canciones más cañeras y rockeras del momento, pero sólo ponen unos segundos de cada canción en la parte de los estribillos, para que siga el ritmo, la atención y la adrenalina.

Mientras tanto, en el lote también entraban las “cheerleaders” o bailarinas con los pompones. ¡Ah y se me olvidaba!, el muchacho vestido de bocadillo Subway, una cadena de bocatas, haciéndose fotos con todos los niños. Y al final de la noche tiraba misiles-bocadillo desde la pista con un trabuco-bocadillo gigante.

Entre tiempo y tiempo conocíamos a las parejas de otros compañeros, como el Hindú que es todo un personaje, por la historia que conto un día de cómo conoció a su mujer… pero eso realmente es otra historia que contaré quizás en otra ocasión. Pues su mujer se llama Mala, y ya nos encargamos John y yo de decirle que ese no es un nombre muy presentable que digamos para una mujer en España. Aproveché para preguntarle a Mala que de qué zona de la India era, y me dijo que del sur de las montañas del Himalaya, donde al parecer tienen todas las estaciones del año, primaveras en flor, veranos insoportables e inviernos con varios centímetros de nieve. Ni que decir tiene que le pregunté si conocía la historia de Anita Delgado, la malagueña que se convirtió en Maharaní de Kapurtala, y cuya historia leí el verano pasado y me cautivó. Mala no la conocía, pero sí sabía del lujo y la vida en Kapurtala, muy cerca de su pueblo natal.


Y entre charla y charla llegó la pelea esperada. Los bates por el aire, los equipos alrededor de los protagonistas. La portería desencajada. Y los culpables, castigados como niños fuera de la pista, pero sorprendentemente muy cerca el uno del otro. Hasta que se calmaron.

Belfast ganó a Nottingham y lo celebramos en el bar de abajo dedicado al hockey y a donde iban llegando las estrellas de la noche. Pero lo importante esa noche era conocerse y charlar. El hockey era la excusa.

Otro evento, pero esta vez triste nos ocupó el fin de semana. Fue la muerte de la tía Margaret a los 96 años. Margaret era una mujer trabajadora e imparable en su juventud que se casó con un Italiano de los que llegaron al norte de Irlanda a principios del siglo pasado. Por desgracia enviudó muy joven y salió adelante con su hija trabajando mucho. En su pueblo dicen que era la mejor panadera y pastelera que jamás tuvo el horno, pero Margaret también regentó una cafetería y aún así tenía tiempo para fregar los platos en casa de sus familiares cuando iba a visitarlos. También era una apasionada de la jardinería. ¿De dónde sacaba la energía?

Sus sobrinos la miraban con ternura en el velatorio durante el fin de semana y en la despedida hoy y le tocaban las manos y besaban la frente, cosa que me dejó muy impresionada. De mayor me gustaría ser como la tía Margaret. ¿Quién no?